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El gordinflas
11 feb
El tipo en cuestión es un niño grande, gordinflas, con mofletes rosaditos que se vuelven colorados cuando ve un flop. Todo nervio. Un mozo que lo pasa mal cuando juega y así lo demuestra al resto de jugadores; sin hablar, anuncia con cada apuesta que esa jugada, esa mano, es la cosa más importante que pasa sobre la faz de la Tierra en ese preciso momento, que de ella depende el futuro de Europa. Y da igual que sea un torneo de estar por casa y que los niveles suban cada
quince minutos, que la presión de las ciegas ahogue a toda la mesa por igual: el gordinflas sufre cada envite como si fueran a matarle a la hermana, y cuando le suben 300 fichas agoniza y se retuerce y bebe ansioso de su copa para deshacerse el nudo de la garganta y saca la lengua como Jabba el Hut.
Alguien pide a los árbitros que controlen el tiempo y el gordinflas tira las cartas ofendido. Se queja porque era una jugada importante. Sin duda, la más importante de las que ha jugado nunca nadie sobre un tapete.
El gordinflas tiene otra de esas manías que convierten la mesa de póquer en un corral para peleas de gallos. Como para él cada carta es la última considera que cada farol endosado con éxito es un triunfo merecedor de loas y laureles. Por eso los enseña sistemáticamente: jugada que se lleva con farol, mano que acaba enseñando. A mi modo de ver eso está feo y los caballeros no lo hacen, fundamentalmente porque estás diciéndole a tu contrincante que la próxima vez tendrá que hacerlo mejor, que no sabe jugar o, según la forma de mostrar las cartas, incluso que es un poquito imbécil. Es condescendiente, ofensivo y soberbio. Todo lo que el gordinflas daba en la mesa muestras de ser.
Yo que no soy mejor gentleman he esperado un cara a cara con él para sacar mi vena navajera. Después de un flop en el que no venía nada para ninguno de los dos ha salido una cuarta carta que poco añadía a la mano. Ha sido ahí cuando ha subido la apuesta. Sin nada ligado he decidido no solo no creerle sino volver a subirle, para comprobar de una vez por todas si su primer golpe escondía verdadero ímpetu o era solo lo que ha resultado ser: un farol que le ha salido mal. Tras mi resubida se ha tirado, después de agonizar y retorcerse, y casi sacar la lengua como Jabba el Hut. Y hete aquí mi venganza torticera: en vez de tirarlas le he enseñado mis cartas mirándole a los ojos y diciéndole sin hablar -como buenamente uno puede- que los niños educados, sean gordinflas o no, no se ríen de los demás cuando ganan en el juego.
Pero el póquer, que no es una pelea de gallos, acaba poniendo a todo el mundo en su sitio, y no acepta ni niñatos maleducados ni vengadores de tres al cuarto. El gordinflas se ha ido del torneo al cabo de diez minutos. El vengador, al cabo de media hora.
