Entradas etiquetadas con farol
Sensaciones
1 feb
Uno de los aspectos que más me gustan del póquer son las sensaciones que te genera y sobre todo tratar de identificar las de los demás jugadores para ayudarte a tomar las decisiones que crees acertadas. En el póquer influyen una enorme cantidad de factores que hacen que ganes o que pierdas. Las matemáticas o control de probabilidades son muy importantes, pero las sensaciones que percibes cuando juegas pueden serlo más que el cálculo. Cuando estás en situación de enfrentamiento directo con alguien, tras varias subidas y resubidas de apuesta, las sensaciones que te trasmite tu oponente hacen que tus cartas valgan más o simplemente no valgan nada de lo que matemáticamente valdrían.
Las ocho caras de un farol
8 abr
Vamos a hablar de una situación recurrente, una encrucijada, en la que me encuentro muy a menudo; supongo que os la habréis encontrado y si no lo habéis hecho daros por enterados.
La situación aparece con la última carta y nos toca apostar. Llegamos ahí siempre sin juego, ya sea por unas buenas cartas que no han encontrado compañía, por un farol premeditado o por unas cartas mediocres que se han convertido en farol, por tanto intuimos que la mano la ganaremos solo si no enseñamos cartas, pero meter más en el bote con una mano perdedora siempre cuesta. No solo no hemos ligado nada, además siempre hemos subido y la gente ha igualado (por hache o por be, llevábamos la iniciativa en todo momento).

Bienvenidos a la encrucijada. Hasta ahora nuestras subidas no han echado a todo el mundo, los otros al igualar nos han dado poca información, y con la última carta llegan las dudas. Pensamos mil maneras de subir y en otros tantos juegos que puede tener el otro, pero al final todo se reduce a tres pares de opciones: el contrincante ¿tiene buen juego o no? y ¿irá o no? y la más importante, nuestra única opción, ¿subimos o no?. Dos por dos por dos son ocho, ocho posibles resultados: Más >
Expiación
17 mar
Relacionado como verán con el post anterior, necesito explicar y dejar aquí colgado por un tiempo el error que cometí el lunes en el Poker In y que merece que me ponga de rodillas de cara a la pared con birrete de burro. No es que jugara mal del todo y al fin y al cabo un error es solo un error, pero un error que se repite pertinaz, partida tras partida, torneo tras torneo, no puede ser solo un error: es también signo de mal juego, incluso de cerrazón ante las cosas de la vida que hay que ir cambiando y que aún esforzándonos no somos capaces de cambiar. Ya saben, uno hace categorí
a de la anécdota y tras un mal torneo se replantea hasta el color de los calcetines. Lo que no puede ser es que tropiece siempre con la misma piedra, sistemáticamente. Espero que este post sea el primer paso necesario para el cambio: reconozcamos el error.
Y el error consiste en huir hacia delante y no saber parar cuando todo indica a las claras que me estoy echando la soga al cuello. En concreto consiste en intentar un farol sin siquiera haber visto el flop en una mesa llena de jugadores con muchas más fichas que yo y, aún teniendo a mi lado a un tipo que me aguanta los envites, seguir echando puntos al bote sin pensar que quizá sea él el que está jugando conmigo, que quizá juegue lento con una barbaridad de mano. Vamos, consiste en ser paloma por querer ser gavilán; como un soldadito adolescente oculto entre matorrales en pleno Vietnam que de repente, acojonado por los horrores de la guerra, loco de remate, sale gritando de su escondite para matar charlies y cae abatido en seis segundos. Ese fue mi error. Más >
De farol
10 mar
farol.(De faro).
m. En el juego, envite falso hecho para desorientar o atemorizar.
El farol. Sus seguidores y defensores: los faroleros. El término aplicado al juego, como vemos en la Real Academia, tiene su origen en “emitir luz” como los faros. Y aquí puntualizo que no se trata de alumbrar nada ni echar luz sobre algo, con el farol lo que intentamos es deslumbrar.
Imaginémonos el Titanic dirigiéndose hacia nuestro modesto bote de remos, en una perfecta trayectoria hacia nuestra destrucción. Cogemos nuestro farol que más alumbre y lo dirigimos directamente hacia él, esperando que vire y se aleje de la supuesta tierra con la que está a punto de colisionar. Así funciona el farol, intentamos aparentar algo que no tenemos. Para que funcione tenemos que conocer en qué situación estamos: en el caso de nuestro bote y el Titanic no estaría de más poner el farol tan alto como podamos y hacerlo girar para parecer un faro.
Esta maniobra utilísima se usa a menudo aun sin saber que estas “faroleando”. Un jugador inexperto, esperando un remoto (con pocas probabilidades) proyecto de escalera o color, puede echar a un contrincante con juego ligado gracias a su desmesurada apuesta. Incluso el “inmerecido” vencedor creerá haber actuado mal al no conseguir ganarle mucho dinero al otro gracias al proyecto finalizado, pero dadas las circunstancias su movimiento ha sacado el mayor provecho de su juego real. Más >
El gordinflas
11 feb
El tipo en cuestión es un niño grande, gordinflas, con mofletes rosaditos que se vuelven colorados cuando ve un flop. Todo nervio. Un mozo que lo pasa mal cuando juega y así lo demuestra al resto de jugadores; sin hablar, anuncia con cada apuesta que esa jugada, esa mano, es la cosa más importante que pasa sobre la faz de la Tierra en ese preciso momento, que de ella depende el futuro de Europa. Y da igual que sea un torneo de estar por casa y que los niveles suban cada
quince minutos, que la presión de las ciegas ahogue a toda la mesa por igual: el gordinflas sufre cada envite como si fueran a matarle a la hermana, y cuando le suben 300 fichas agoniza y se retuerce y bebe ansioso de su copa para deshacerse el nudo de la garganta y saca la lengua como Jabba el Hut.
Alguien pide a los árbitros que controlen el tiempo y el gordinflas tira las cartas ofendido. Se queja porque era una jugada importante. Sin duda, la más importante de las que ha jugado nunca nadie sobre un tapete.
El gordinflas tiene otra de esas manías que convierten la mesa de póquer en un corral para peleas de gallos. Como para él cada carta es la última considera que cada farol endosado con éxito es un triunfo merecedor de loas y laureles. Por eso los enseña sistemáticamente: jugada que se lleva con farol, mano que acaba enseñando. A mi modo de ver eso está feo y los caballeros no lo hacen, fundamentalmente porque estás diciéndole a tu contrincante que la próxima vez tendrá que hacerlo mejor, que no sabe jugar o, según la forma de mostrar las cartas, incluso que es un poquito imbécil. Es condescendiente, ofensivo y soberbio. Todo lo que el gordinflas daba en la mesa muestras de ser.
Yo que no soy mejor gentleman he esperado un cara a cara con él para sacar mi vena navajera. Después de un flop en el que no venía nada para ninguno de los dos ha salido una cuarta carta que poco añadía a la mano. Ha sido ahí cuando ha subido la apuesta. Sin nada ligado he decidido no solo no creerle sino volver a subirle, para comprobar de una vez por todas si su primer golpe escondía verdadero ímpetu o era solo lo que ha resultado ser: un farol que le ha salido mal. Tras mi resubida se ha tirado, después de agonizar y retorcerse, y casi sacar la lengua como Jabba el Hut. Y hete aquí mi venganza torticera: en vez de tirarlas le he enseñado mis cartas mirándole a los ojos y diciéndole sin hablar -como buenamente uno puede- que los niños educados, sean gordinflas o no, no se ríen de los demás cuando ganan en el juego.
Pero el póquer, que no es una pelea de gallos, acaba poniendo a todo el mundo en su sitio, y no acepta ni niñatos maleducados ni vengadores de tres al cuarto. El gordinflas se ha ido del torneo al cabo de diez minutos. El vengador, al cabo de media hora.
