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El Famoseo
5 ene
Bien, siguiendo la línea de otras entradas como la de Las Viudas, comento aquí cosillas de casinos. Hoy me da por Los Famosos.
Esto será breve, solo un apunte a la variopinta fauna del casino. En ellos podemos ver a dos tipos de celebrities:
El Externo
Es famoso ya de antes, esto del póquer les es adicional, como un hobby o algo así. Cosas de las modas, que llegan a todas las clases y condiciones. En las mesas de sit’n'go o en los torneillos los jugadores y público en general los reconoce fácilmente y si no lo hacen seguro que algún vecino se lo comenta y si hace falta explica quien es. Si el externo está muy de moda, incluso se puede continuar el rumor de que “anda por ahí” mucho después de que ya se haya ido. Pichi Alonso, Gerard Piqué, Roberto Dueñas, Àlex Corretja… Más habrá, seguro.
El Pro
El profesional es (o debería ser) conocido solo dentro del mundillo del póquer. Es aquel que no solo vive de esto sino que además “es alguien”. Los hay que son conocidos porque se dedican a ser conocidos, vienen a ser los patrocinados que más allá de jugar bien (o no) tienen su segundo trabajo de “dejarse ver”, tanto él mismo por ser figura como su patrocinador (normalmente, una casa de juego on-line).
También hay los profesionales no conocidos. O sea los que viven de esto pero no son tan conocidos fuera del mundillo. Para entrar en la categoría de famoso no solo debes ganarte la vida con muchas horas de tapete verde (que unos cuantos ya lo hacen sin ser famosos), también hay que ganar algo de renombre, alguna prueba del Campeonato de España de Poker o alguna que acabe con el mágico PT (Poker Tour): CPT, SPT, EPT, etc.
Hasta aquí los famosos en cuanto a póquer se refiere. Si se nos ocurren, añadiremos más fauna a este bestiario.
Las Viudas
31 ago
Vengo hablaros hoy de un detalle que quizá no habéis visto. Además me saldré de nuestro ambiente, las timbas, para hablar de este fenómeno casi exclusivo de los torneos en casinos. Bien, llamémosle fenómeno, detalle, evento, persona o daño colateral, como queráis. Estoy hablando de las Viudas.
Sin ser machista, agradezco usar “Viudas” para este “colectivo de personas en proceso de enviudamiento”, sin recurrir a un tedioso “L@s Viud@s”. Gracias por su comprensión.
Las podréis ver en los márgenes de los torneos, fuera de las mesas y más allá de las vallas, cintas o lo que sea esa línea imaginaria que separa a los jugadores del resto del mundo. Están ahí, esperando en los aledaños de esa guerra que es un torneo, y sabréis que son viudas porque al fin y al cabo están esperando a su muerto particular.
Las Viudas son un colectivo heterogéneo, desde novias y novios hasta amigos, conocidos e incluso compañeros de hazañas que murieron con anterioridad. Muchas veces no son conscientes que pertenecen a un grupo, y pasan el rato pacientes y resignadas. Si al empezar un torneo levantáis la cabeza y miráis al exterior, las veréis sentadas en mesas de blackjack en desuso ojeando revistas o simplemente mirando a un horizonte inexistente.
Conforme avanza el torneo el grupo de Viudas puede crecer o desvanecerse, pero si es lo primero con seguridad acabaran por interaccionar entre ellas. Ajenas o no a que forman parte de un colectivo: a veces compiten, a veces comparten.
Ya sea por 5 minutos o por 3 horas, solo se puede salir de este estado de enviudamiento de dos maneras: resignarse a esperar tu muerto y partir sin más, abandonándolo a su suerte, o quedándose hasta que El Final llegue. Esta segunda opción más prolongada, finaliza con el equivalente peliculero de “entregar la bandera doblada”.
No aparecerá ante ellas un sargento engalanado, ni un superviviente trastornado que les diga “luchó con bravura” o “su último pensamiento fue para usted”. El mismo muerto aparecerá con la mente aún en la batalla y exclamando “¡Agh, malditas Jotas!”, o quizá con resignación “He jugado bien… las cartas no han entrado”.
Con los muertos se puede hablar de los momentos épicos o de los fallos desencadenantes, pero para las Viudas la espera ya acabó, el muerto ya está en casa.
Los Notas
13 abr
Capucha, gafas de sol y cascos.
Van con toda la parafernalia, el set completo o parte de él, una imagen robada. Deben de haber visto imágenes y vídeos de Phil Laak. Unos Notas, todos ellos. No os dejéis engañar en ningún momento, el refranero popular os sacará de dudas la mayoría de las veces: aunque la mona se vista de seda, mona se queda o también y más corto el hábito no hace al monje.
Bien es cierto que hay, existen, jugadores profesionales que acompañan su regularidad y buen juego con una estética determinada, un look. Y quien conoce sus tics y defectos hace bien en cubrirlos. Incluso buena música te ayuda a centrarte y a pasar el rato, por qué no. Pero no hablo de esos obviamente, y dudo que algún lector (comentad, si me equivoco) de este blog se los vaya a encontrar en las mesas de limite bajo del casino, o en los sit’n'go populares.
Expiación
17 mar
Relacionado como verán con el post anterior, necesito explicar y dejar aquí colgado por un tiempo el error que cometí el lunes en el Poker In y que merece que me ponga de rodillas de cara a la pared con birrete de burro. No es que jugara mal del todo y al fin y al cabo un error es solo un error, pero un error que se repite pertinaz, partida tras partida, torneo tras torneo, no puede ser solo un error: es también signo de mal juego, incluso de cerrazón ante las cosas de la vida que hay que ir cambiando y que aún esforzándonos no somos capaces de cambiar. Ya saben, uno hace categorí
a de la anécdota y tras un mal torneo se replantea hasta el color de los calcetines. Lo que no puede ser es que tropiece siempre con la misma piedra, sistemáticamente. Espero que este post sea el primer paso necesario para el cambio: reconozcamos el error.
Y el error consiste en huir hacia delante y no saber parar cuando todo indica a las claras que me estoy echando la soga al cuello. En concreto consiste en intentar un farol sin siquiera haber visto el flop en una mesa llena de jugadores con muchas más fichas que yo y, aún teniendo a mi lado a un tipo que me aguanta los envites, seguir echando puntos al bote sin pensar que quizá sea él el que está jugando conmigo, que quizá juegue lento con una barbaridad de mano. Vamos, consiste en ser paloma por querer ser gavilán; como un soldadito adolescente oculto entre matorrales en pleno Vietnam que de repente, acojonado por los horrores de la guerra, loco de remate, sale gritando de su escondite para matar charlies y cae abatido en seis segundos. Ese fue mi error. Más >
El gordinflas
11 feb
El tipo en cuestión es un niño grande, gordinflas, con mofletes rosaditos que se vuelven colorados cuando ve un flop. Todo nervio. Un mozo que lo pasa mal cuando juega y así lo demuestra al resto de jugadores; sin hablar, anuncia con cada apuesta que esa jugada, esa mano, es la cosa más importante que pasa sobre la faz de la Tierra en ese preciso momento, que de ella depende el futuro de Europa. Y da igual que sea un torneo de estar por casa y que los niveles suban cada
quince minutos, que la presión de las ciegas ahogue a toda la mesa por igual: el gordinflas sufre cada envite como si fueran a matarle a la hermana, y cuando le suben 300 fichas agoniza y se retuerce y bebe ansioso de su copa para deshacerse el nudo de la garganta y saca la lengua como Jabba el Hut.
Alguien pide a los árbitros que controlen el tiempo y el gordinflas tira las cartas ofendido. Se queja porque era una jugada importante. Sin duda, la más importante de las que ha jugado nunca nadie sobre un tapete.
El gordinflas tiene otra de esas manías que convierten la mesa de póquer en un corral para peleas de gallos. Como para él cada carta es la última considera que cada farol endosado con éxito es un triunfo merecedor de loas y laureles. Por eso los enseña sistemáticamente: jugada que se lleva con farol, mano que acaba enseñando. A mi modo de ver eso está feo y los caballeros no lo hacen, fundamentalmente porque estás diciéndole a tu contrincante que la próxima vez tendrá que hacerlo mejor, que no sabe jugar o, según la forma de mostrar las cartas, incluso que es un poquito imbécil. Es condescendiente, ofensivo y soberbio. Todo lo que el gordinflas daba en la mesa muestras de ser.
Yo que no soy mejor gentleman he esperado un cara a cara con él para sacar mi vena navajera. Después de un flop en el que no venía nada para ninguno de los dos ha salido una cuarta carta que poco añadía a la mano. Ha sido ahí cuando ha subido la apuesta. Sin nada ligado he decidido no solo no creerle sino volver a subirle, para comprobar de una vez por todas si su primer golpe escondía verdadero ímpetu o era solo lo que ha resultado ser: un farol que le ha salido mal. Tras mi resubida se ha tirado, después de agonizar y retorcerse, y casi sacar la lengua como Jabba el Hut. Y hete aquí mi venganza torticera: en vez de tirarlas le he enseñado mis cartas mirándole a los ojos y diciéndole sin hablar -como buenamente uno puede- que los niños educados, sean gordinflas o no, no se ríen de los demás cuando ganan en el juego.
Pero el póquer, que no es una pelea de gallos, acaba poniendo a todo el mundo en su sitio, y no acepta ni niñatos maleducados ni vengadores de tres al cuarto. El gordinflas se ha ido del torneo al cabo de diez minutos. El vengador, al cabo de media hora.

