Durante todo el día la humedad superó el 75 %. En el exterior de la sala la tarde caía. El tipo sentado a mi izquierda en ese momento, rozaba las mangas de su chaqueta verde contra el canto de la mesa una y otra vez y se removía inquieto sobre su silla plegable, las que se sacan cuando vienen visitas. Al resto de jugadores los reconocí enseguida de otras timbas, eran los habituales.

Yo no sabía aún que El Día había llegado.

Las primeras manos fueron flojas, de pasar el rato entre risas. Yo intenté en todo momento, como siempre hago, ligar juego desde el principio, algunos jugadores lo supieron ganar, otros simplemente se retiraron.

El atardecer fue dejando paso a la noche y la noche, a la madrugada, y las jugadas fueron subiendo su calidad para disfrute de todos. No podría existir un clima mejor para lo que ocurriría esa misma noche, exactamente 53 minutos después de medianoche.

La pieza dealer pasó a manos del tipo de la chaqueta verde y con las apuestas obligadas sobre la mesa, repartió cartas, mi momento estaba a punto de llegar. Hubo varias apuestas, uno de los habituales resubió y todos lo vieron. El flop dejó entrever que mi presentimiento no era casual, las musas estaban de mi lado, tres figuras de diamantes auguraban un juego espectacular. Nadie  respiró, nadie apostó. Diez de diamantes sobre el tapete y un par de all ins.

Fue entonces cuando me acercó a su boca, me besó, me acarició con sus dedos ligeramente húmedos y me dejó caer sobre la mesa, la cuarta figura de diamantes fui yo. Un día de gran juego.