Jugadores
Tres orígenes
29 ene
Que el perfil de las personas que juegan a póquer es cada vez más variado es una evidencia en cuanto cada día más gente aprende a jugar. Gracias al influjo de la televisión, de las entrevistas a Leo Margets y de juegos on-line como el de Facebook, mujeres mayores se enfrentan a día de hoy en torneos de todo el país a chavales engominaditos que podrían ser sus nietos. El quiosquero gana al profesor de instituto y un mecánico fondón de veintipocos años se lleva el preciado brazalete. Poco a poco va habiendo de todo en la villa del señor.
No obstante a fuerza de leer revistas, páginas de actualidad sobre póquer y entrevistas a ganadores de torneos con apodos sacados de un relato de Lovecraft vemos algunos perfiles que se repiten a menudo entre los jugadores a los que les van bien las cosas. Curiosamente muchas de las personas que obtienen buenos resultados con las cartas proceden de aficiones y entornos profesionales similares. En concreto, y sin afán clasificatorio, distinguimos tres o cuatro actividades que aparecen constantemente en las biografías y que, pese a no tener ninguna relación la una con la otra, cada una de ellas está relacionada de algún modo con el póquer. Son en primer lugar el deporte, en segundo lugar las finanzas y en tercer lugar otros juegos de mesa. Podemos pensar que las pautas son casualidad o hacernos alguna pajilla divagando por qué hay tantos tenistas, brokers, ajedrecistas o incluso jugadores de Magic que han cambiado o alternan sus actividades originales con el póquer. Mal bloguero sería si no optara por la pajilla. Más >
¿Enfadado yo?
26 ene
¡Quiero cabrearme si me ganan, coño!
Pero no puedo, eso ya lo he superado. Ahora ya solo corre un liquido frío por mis venas.
Una mano perdida, nada.
Una eliminacion injusta, nada.
Un bad beat de cuatro pares de cojones, nada.
Un contrincante que te dice “vaya, bien jugado, lo siento”…
¡Y UNA MIERDA, LO QUE NO SOPORTO ES LA CAMARADERÍA!
Así que si algún otro gañán cuando debería irme hecho una furia me dice “buena mano” o si se le ocurre dar dos golpecitos en la mesa ¡le corto la mano con una dama de diamantes!
Lo siento, esto no me pasa a menudo. Pero claro, con tanta contención para no mostrar el juego vía gestos, que no se note que estás nervioso, deseando que el otro no vaya mientras pones cara de circunstancias y él se prepara el all-in, al final la tensión tiene que salir por algún sitio.
Este momento de furia se roza a menudo con esa falsa camaradería… ese felicitar una mano perdida con “lo has hecho bien”, o “yo lo habría hecho igual”, o “pensaba que me ganabas” o, ya el súmmum, “sí, sí, si solo me servía esa carta”. Mierda de camaradería… no quiero que me digan nh, no quiero saber que iba por delante, no quiero saber que he jugado bien, ¡quiero cabrearme!
Bueno, si alguna vez me ganáis de una forma similar, reíros de mi, señaladme e intentad compartir mi miseria con el resto de contertulios. Os odiaré menos.
¿A que no sabes a quién me follé anoche?
21 ene
Si hay algo que lamentablemente acerca el póquer a la testosterona y al imaginario masculino no es por supuesto el juego en sí sino aquel vicio tan de machote celtíbero de comentar las jugadas exaltando los aciertos propios y ensañándose con los errores ajenos. Al menos en los ambientes de juego en los que un servidor se mueve, no hay quisqui que tras una jugada decisiva opte por tragar saliva y reflexionar sobre los errores y aciertos de la mano calladito y para sus adentros. Sea en la mesa, para purgación del resto de jugadores y crupieres, o ya en el bar cubatilla en ristre, todo el mundo tenemos algo que decir sobre cualquier jugada, porque aparte de que seguramente somos todos los mejores jugadores de Europa, como en el chiste del naufrago y Claudia Schiffer lo que mola en realidad es contarlo.
La cosa ésta de comentar las jugadas es al fin y al cabo una cuestión de orgullo, que es como los cursis llaman a los cojones. Todos nos hacemos más hombres y más españoles si defendemos irreflexivamente nuestras decisiones en el juego, aunque un atisbo de sentido común nos diga desde el hipotálamo que en realidad la hemos cagado; por el contrario, aceptar el error públicamente es como poco de sodomitas, una muestra de debilidad, que en el póquer se hace imperdonable porque te convierte en carnaza para tus contrincantes. Hay que hablar mucho de lo que ha pasado, de las probabilidades que tenías de ganar con pareja alta frente a proyecto de color, del tamaño apropiado de la apuesta ante un jugador con poquitas fichas, del frío que hace en el casino, pero siempre, siempre, dejando clarinete que la jugada correcta era la tuya, que tu apuesta era digna de Phil Ivey y que el frío a ti te la trae muy floja porque tienes los huevos más gordos que el caballo de Espartero. Como Iker Casillas, como don José María Aznar López, como Joan Laporta, como Txeroki, como Gregorio Ordóñez. Más >
Los Notas
13 abr
Capucha, gafas de sol y cascos.
Van con toda la parafernalia, el set completo o parte de él, una imagen robada. Deben de haber visto imágenes y vídeos de Phil Laak. Unos Notas, todos ellos. No os dejéis engañar en ningún momento, el refranero popular os sacará de dudas la mayoría de las veces: aunque la mona se vista de seda, mona se queda o también y más corto el hábito no hace al monje.
Bien es cierto que hay, existen, jugadores profesionales que acompañan su regularidad y buen juego con una estética determinada, un look. Y quien conoce sus tics y defectos hace bien en cubrirlos. Incluso buena música te ayuda a centrarte y a pasar el rato, por qué no. Pero no hablo de esos obviamente, y dudo que algún lector (comentad, si me equivoco) de este blog se los vaya a encontrar en las mesas de limite bajo del casino, o en los sit’n'go populares.
Expiación
17 mar
Relacionado como verán con el post anterior, necesito explicar y dejar aquí colgado por un tiempo el error que cometí el lunes en el Poker In y que merece que me ponga de rodillas de cara a la pared con birrete de burro. No es que jugara mal del todo y al fin y al cabo un error es solo un error, pero un error que se repite pertinaz, partida tras partida, torneo tras torneo, no puede ser solo un error: es también signo de mal juego, incluso de cerrazón ante las cosas de la vida que hay que ir cambiando y que aún esforzándonos no somos capaces de cambiar. Ya saben, uno hace categorí
a de la anécdota y tras un mal torneo se replantea hasta el color de los calcetines. Lo que no puede ser es que tropiece siempre con la misma piedra, sistemáticamente. Espero que este post sea el primer paso necesario para el cambio: reconozcamos el error.
Y el error consiste en huir hacia delante y no saber parar cuando todo indica a las claras que me estoy echando la soga al cuello. En concreto consiste en intentar un farol sin siquiera haber visto el flop en una mesa llena de jugadores con muchas más fichas que yo y, aún teniendo a mi lado a un tipo que me aguanta los envites, seguir echando puntos al bote sin pensar que quizá sea él el que está jugando conmigo, que quizá juegue lento con una barbaridad de mano. Vamos, consiste en ser paloma por querer ser gavilán; como un soldadito adolescente oculto entre matorrales en pleno Vietnam que de repente, acojonado por los horrores de la guerra, loco de remate, sale gritando de su escondite para matar charlies y cae abatido en seis segundos. Ese fue mi error. Más >
El gordinflas
11 feb
El tipo en cuestión es un niño grande, gordinflas, con mofletes rosaditos que se vuelven colorados cuando ve un flop. Todo nervio. Un mozo que lo pasa mal cuando juega y así lo demuestra al resto de jugadores; sin hablar, anuncia con cada apuesta que esa jugada, esa mano, es la cosa más importante que pasa sobre la faz de la Tierra en ese preciso momento, que de ella depende el futuro de Europa. Y da igual que sea un torneo de estar por casa y que los niveles suban cada
quince minutos, que la presión de las ciegas ahogue a toda la mesa por igual: el gordinflas sufre cada envite como si fueran a matarle a la hermana, y cuando le suben 300 fichas agoniza y se retuerce y bebe ansioso de su copa para deshacerse el nudo de la garganta y saca la lengua como Jabba el Hut.
Alguien pide a los árbitros que controlen el tiempo y el gordinflas tira las cartas ofendido. Se queja porque era una jugada importante. Sin duda, la más importante de las que ha jugado nunca nadie sobre un tapete.
El gordinflas tiene otra de esas manías que convierten la mesa de póquer en un corral para peleas de gallos. Como para él cada carta es la última considera que cada farol endosado con éxito es un triunfo merecedor de loas y laureles. Por eso los enseña sistemáticamente: jugada que se lleva con farol, mano que acaba enseñando. A mi modo de ver eso está feo y los caballeros no lo hacen, fundamentalmente porque estás diciéndole a tu contrincante que la próxima vez tendrá que hacerlo mejor, que no sabe jugar o, según la forma de mostrar las cartas, incluso que es un poquito imbécil. Es condescendiente, ofensivo y soberbio. Todo lo que el gordinflas daba en la mesa muestras de ser.
Yo que no soy mejor gentleman he esperado un cara a cara con él para sacar mi vena navajera. Después de un flop en el que no venía nada para ninguno de los dos ha salido una cuarta carta que poco añadía a la mano. Ha sido ahí cuando ha subido la apuesta. Sin nada ligado he decidido no solo no creerle sino volver a subirle, para comprobar de una vez por todas si su primer golpe escondía verdadero ímpetu o era solo lo que ha resultado ser: un farol que le ha salido mal. Tras mi resubida se ha tirado, después de agonizar y retorcerse, y casi sacar la lengua como Jabba el Hut. Y hete aquí mi venganza torticera: en vez de tirarlas le he enseñado mis cartas mirándole a los ojos y diciéndole sin hablar -como buenamente uno puede- que los niños educados, sean gordinflas o no, no se ríen de los demás cuando ganan en el juego.
Pero el póquer, que no es una pelea de gallos, acaba poniendo a todo el mundo en su sitio, y no acepta ni niñatos maleducados ni vengadores de tres al cuarto. El gordinflas se ha ido del torneo al cabo de diez minutos. El vengador, al cabo de media hora.




